Nadie enseña a cebar. Se hereda de una abuela apurada, de un compañero de oficina, del que tenía termo en el primer viaje largo. Y así queda: un gesto repetido sin examinar, con el agua demasiado caliente, la bombilla movida y la yerba lavada a los diez mates. La ronda funciona igual, claro. También funciona un asado con la carne quemada.
Esta escuela nació en 2016, en un segundo piso de Palermo, cuando Ramiro Belmonte —cebador de oficio, hijo de correntinos— se cansó de responder la misma pregunta en las sobremesas: ¿por qué el tuyo dura veinte mates y el mío diez? La respuesta no era una, eran siete. Las escribió en un cuaderno de tapa dura. Ese cuaderno es hoy el programa del Taller Cebado Fundamental.
Agua a 78°, nunca hirviendo.
No hay misticismo acá. Hay temperatura, hay granulometría, hay una calabaza que absorbe y devuelve. Hay tres yerbas que sabemos distinguir a ciegas —barbacuá, despalada, orgánica— y que aprendemos a describir con las mismas palabras con que un sommelier describe un Malbec: humo, pasto seco, cítrico tardío. Y hay una mesa larga para ocho, porque a partir de nueve la ronda se enfría y el cebador pierde el ritmo.
Vienen porteños que toman mate desde los doce años y descubren que lo venían haciendo mal. Vienen oficinas que buscan una actividad cultural que no sea otro escape room. Vienen extranjeros residentes que quieren entender qué se están perdiendo cuando les pasan el mate y ellos, educadamente, dicen gracias —sin saber que gracias, en la ronda, significa no me sirvas más.
Cuatro horas. Un cuaderno. Una calabaza que se llevan curada, con su nombre grabado a fuego en la base. Y la certeza, al salir, de que la próxima ronda va a ser distinta.