Tres personas, una mesa larga, un cuaderno

La escuela abrió en marzo de 2016 con siete reglas escritas a mano y un termo prestado. Nueve años después, las reglas siguen siendo siete.

Cómo empezó

Ramiro Belmonte creció entre Curuzú Cuatiá y una cocina de Villa Crespo. Su abuela cebaba de pie, con la pava en una mano y la calabaza en la otra, y no dejaba que nadie moviera la bombilla. Cuando él tuvo veinte años y su primera oficina, descubrió que casi nadie sabía por qué la bombilla no se mueve. Sabían que no se mueve. Nada más.

Durante quince años trabajó en logística de comercio exterior y viajó a los secaderos de Misiones por trabajo. Ahí aprendió el resto: qué es el barbacuá, por qué el estacionamiento cambia todo, cuánto pesa el palo en el rendimiento de un mate. Volvió con un cuaderno lleno y una idea molesta —que la cosa más argentina del día se hacía, casi siempre, con el agua demasiado caliente—.

La bombilla no se mueve. Nunca.

La primera camada fue en marzo de 2016: seis amigos, una mesa alquilada, tres yerbas y una hipótesis. La segunda ya tuvo lista de espera. En 2019 se sumó Malena Iriarte, que venía de la cata de café de especialidad y trajo el vocabulario que faltaba: humo, pasto seco, cítrico tardío. En 2022 llegó Tomás Bengoechea, tornero, que hizo posible el taller de curado.

Hoy pasan por acá alrededor de 130 personas por año. Aceptamos entre seis y ocho camadas por mes porque la mesa es de ocho y no queremos que deje de serlo. No damos certificados: damos una calabaza con tu nombre grabado a fuego y un rendimiento medible de veinticinco cebadas por carga.

Quiénes ceban

No hay staff rotativo ni monitores. Los talleres los dan estas tres personas.

Ramiro Belmonte

Fundador · cebador

Nació en Curuzú Cuatiá, Corrientes, y vive en Buenos Aires desde 2001. Quince años en logística de comercio exterior lo llevaron a los secaderos de Misiones, donde aprendió a distinguir molienda y estacionamiento. Escribió las siete reglas en 2015 y las corrigió cuatro veces desde entonces. Da el Cebado Fundamental y las Rondas Corporativas. Su marca personal: hace cebar a todos con la mano no dominante durante los primeros veinte minutos, para que el gesto se piense antes de automatizarse.

Malena Iriarte

Cata y análisis sensorial

Ocho años como catadora de café de especialidad en Palermo y Villa Crespo antes de pasarse a la yerba en 2019. Formada en análisis sensorial en la Universidad Nacional de Misiones. Diseñó la ficha de cata que usamos y la rueda de aromas de tres ejes —ahumados, herbáceos, cítricos— que se entrega en cada taller. Da la Cata Comparada. Sirve siempre a ciegas: dice que la etiqueta es el peor enemigo de la lengua.

Tomás Bengoechea

Curado y oficio del mate

Tornero de oficio, tercera generación de un taller de Caballito. Trabaja calabazas de Santiago del Estero desde 2013 y virolas de alpaca y plata desde 2017. Se sumó en 2022 para abrir el taller de Curado, donde enseña a vaciar, curar y marcar a fuego. Repara mates de alumnos sin cargo durante el primer año. Sostiene que una calabaza bien curada dura veinte años y que casi nadie llega a comprobarlo.

Lo que sostenemos

Cuatro convicciones, ninguna negociable

  1. La mesa es de ocho

    Podríamos vender doce lugares y ganar la mitad más. No lo hacemos: a partir de nueve, la ronda se enfría y la clase se vuelve una charla.

  2. Se mide, no se cree

    Temperatura con termómetro, rendimiento contado en cebadas, molienda comparada con tamiz. Todo lo que decimos en la clase se puede verificar en la mesa.

  3. Ninguna yerba es la mejor

    Servimos a ciegas porque la marca condiciona. Nadie se va de la cata con una recomendación nuestra: se va con la suya, anotada de puño y letra.

  4. El mate es de todos

    No enseñamos una tradición cerrada ni una versión «correcta» de la argentinidad. Enseñamos física, botánica y modales de ronda. El resto lo pone cada uno.

Dónde ocurre

Un segundo piso sobre Honduras, con ventanas a la calle y una mesa de algarrobo de cuatro metros.

La sala está en Av. Honduras 4850, entre Thames y Serrano, en Palermo. Es un segundo piso por escalera —no hay ascensor, y lo aclaramos antes de que reserves—. Entra luz de la mañana hasta las once y después la persiana baja a media asta, porque el mate quiere sombra.

Hay una mesa larga de algarrobo, ocho banquetas, una alacena con las yerbas en frascos numerados y una repisa con veintitrés calabazas esperando dueño. No hay proyector. Todo lo que se aprende se aprende con las manos mojadas.

Llegás en subte D (estación Plaza Italia, ocho cuadras), en los colectivos 34, 39, 55 y 168, o caminando desde Plaza Serrano. La puerta se abre quince minutos antes de cada taller.